Reflexión a los perdidos.

sábado, 31 de agosto de 2013

Ahora me odian, lo sé. Y al contrario de lo que pueda parecer, me importa mucho. Yo no quería romper vínculos, no quería perder esas amistades; quería conservarlo todo, pero todo no se puede. Uno tiende a pensar que todo lo que el resto de personas  que le rodean hace está, según lo considere, más o menos relacionado con ellos. Y además, cuando se trata de un comportamiento inexplicable, uno tiende irremediablemente a pensar que el otro lo hace por molestar, por herir, por joder. La explicación más plausible ante la lógica cotidiana siempre acaba siendo la de ser víctima. Es la postura más cómoda; no sólo te permite desviar el peso de la culpa y evitar asumir responsabilidades o hechos, sino que además te otorga el beneficio de poder canalizar sentimientos intensos y por lo general deplorables de manera 'justificada'.
Y yo, bueno, sólo estoy pagando los efectos de esa moral trasnochada, de esa regla implícita que parece ser que dice que todo lo que he hecho  (y sigo haciendo) era (y es) para hacer daño a alguien, y que soy despreciable por ello. Nadie se plantea los motivos, nadie se plantea el verdadero resultado, nadie se plantea nada porque nadie quiere ver nada más que lo que pretende ver en las cosas a las que mira.

Durante muchos años, yo pensé también de esta manera. Me sentí terriblemente culpable simplemente por querer lo que quería. Me sentía como violando una ley cósmica, unos remordimientos atroces me devoraban las entrañas cada vez que se atisbaba si quiera un poco la intención de olvidarme del mundo, de las reglas implícitas y explícitas y de la moral convencional y absurda, y hacerme feliz a la manera que yo consideraba que debía ser feliz. Es lo peor que he sentido nunca, sin duda alguna. Se me pasó el momento, de muchas cosas, muchas cosas que podrían haber sido maravillosas, por culpa de la culpa. Porque desde pequeños se nos dice que para alcanzar el cielo hemos de sufrir penitencia, y esa norma cristiana, extrapolada a más ámbitos del sentido común de los que podríamos creer nos hace pensar, por lo general, que lo bueno requiere esfuerzo, que nada que merezca la pena es fácil, o directamente, que debemos rechazar toda promesa de dicha, porque nuestro deber en la tierra es aguantar, es la agonía, es el dolor. Y el que no se somete al yugo de esta moral de la compensación, es crucificado. Quien no sufre pena alguna, quien consigue evadirse de ese juego de creencias del demonio, es estigmatizado.

Así me siento yo ahora. He perdido gente a la quería, me he ganado el odio de mucha a la que apreciaba, y el desprecio de expande como una enfermedad poco a poco entre la gente que me rodea al tiempo que voy haciendo cosas en pro de mi bienestar. Sólo por que, en definitiva, por fin he avanzado, y me siento genial por ello. Estoy donde quería estar, soy quien quiero ser, y tengo todo lo que podía desear.

Lo peor de ser feliz es que nadie está dispuesto a perdonártelo.